viernes, 30 de julio de 2010
La Porciúncula - Asís
La capilla esta situada en una zona denominada "Portiuncula", cerca de Asís en la Umbría, Italia. Abandonada por mucho tiempo, fue restaurada por san Francisco (1207).
Aquí emprendió claramente su vocación y dio origen a la Orden de los Hermanos Menores, los franciscanos, en el 1209, confiándola a la protección de la Virgen Madre de Cristo, a quien le ha sido dedicada la iglesita en la advocación de santa María de los Ángeles.
Recibió de los Benedictinos como regalo el lugar y la capilla para hacerlos centro de su nueva familia religiosa.
El 28 de marzo de 1211 Clara de Favarone de Offreduccio, recibió en esta capilla de manos de san Francisco el hábito religioso, quien le cortó los cabellos entrada la noche del domingo de Ramos, dando inicio a la Orden de las Damas Pobres (Clarisas).
En el 1216, en una visión, Francisco obtuvo del mismo Jesús la indulgencia conocida como "la indulgencia de la Porciúncula" o "el Perdón de Asís", la cual fue aprobada por el papa Honorio III. De la indulgencia nos ocuparemos en la próxima entrada.
En la Porciúncula, que fue y es el centro del franciscanismo, san Francisco reunía cada año a sus frailes en los capítulos (reuniones generales), para discutir la Regla, y para reencontrar el fervor y partir de nuevo a anunciar el Evangelio por el mundo entero.
Basílica de santa María de los Ángeles - Asís
A los pies de la colina de Asís, se yergue solemne y majestuosa, la Basílica Patriarcal de Santa María de los Ángeles en la Porciúncula, construída para engarzar algunos lugares santos de la vida y la muerte de San Francisco de Asís. Al fondo de la imagen, en la ladera de la colina, se aprecia sin detalles la ciudad de Asís.
En el centro del vasto templo renacentista se encuentra la humilde iglesita benedictina del siglo IX llamada Porciúncula, que el Santo reparó con sus propias manos (1207) y de la cual nos ocuparemos en la siguiente entrada.
La Basílica
Por orden del Papa San Pío V (1566-1572) entre el 1569 y el 1679 fue construida la gran Basílica de santa María de los Ángeles, para preservar las capillas de la Porciúncula, el Tránsito –lugar donde Francisco muere- y el Rosal –lugar donde Francisco se arrojó entre las espinas para vencer una tentación-; así como otros lugares considerados santos para la memoria de San Francisco, también con la finalidad de acoger a los peregrinos que de todas partes del mundo llegan a visitar estos lugares.
El proyecto original de Galeazzo Alessi (1512-1572) se caracterizó por una austera sencillez estructural, de acuerdo al ideal franciscano de pobreza. Los fuertes movimientos telúricos que sacudieron la región Umbra en 1832 provocaron daños gravísimos a la Basílica. Al final de un largo y complejo trabajo de restauración, dirigido por el arquitecto Luigi Poletti, la Basílica reabre al culto el 8 de septiembre de 1840.
La fachada fue completamente reelaborada de acuerdo al proyecto de Cesare Bazzani, con el intento de darle una monumentalidad digna de la importancia del Santuario. Se inaugura el 8 de junio de 1930 y se coloca en la cúspide una estatua de la Virgen en bronce dorado.
Los tiempos que corren hoy en la Orden nos vuelven, en la espiritualidad, a la sencilla pequeñez de la iglesita que Francisco recibió de los benedictinos.
miércoles, 16 de junio de 2010
Clausura del Año Sacerdotal
Santo Cura de Ars
En la extensa homilía de la Misa del viernes 11, Solemnidad de El Sagrado Corazón de Jesús, Misa de clausura del Año Sacerdotal, el Papa Benedicto XVI desarrolló una Lectio muy hermosa sobre el Salmo 23(22). Te recuerdo que de entre los 150 salmos los que van del 10(9) al 147 (146-147) tienen doble numeración. Una es del texto hebreo y la otra la de las versiones griega y latina –esta última es la que sigue la Liturgia y es la que va entre paréntesis-. De la homilía te comparto aquí un párrafo referido al final del salmo.Salmo 23(22)
v. 5 Tú preparas ante mí una mesa, / frente a mis enemigos; / unges con óleo mi cabeza / y mi copa rebosa.
v. 6 Tu bondad y tu gracia me acompañan / a lo largo de mi vida; / y habitaré en la Casa del Señor, / por muy largo tiempo.
El párrafo de la homilía:
Al final del salmo, se habla de la mesa preparada, del perfume con que se unge la cabeza, de la copa que rebosa, del habitar en la casa del Señor. En el salmo, esto muestra sobre todo la perspectiva del gozo por la fiesta de estar con Dios en el templo, de ser hospedados y servidos por él mismo, de poder habitar en su casa. Para nosotros, que rezamos este salmo con Cristo y con su Cuerpo que es la Iglesia, esta perspectiva de esperanza ha adquirido una amplitud y profundidad todavía más grande. Vemos en estas palabras, por así decir, una anticipación profética del misterio de la Eucaristía, en la que Dios mismo nos invita y se nos ofrece como alimento, como aquel pan y aquel vino exquisito que son la única respuesta última al hambre y a la sed interior del hombre. ¿Cómo no alegrarnos de estar invitados cada día a la misma mesa de Dios y habitar en su casa? ¿Cómo no estar alegres por haber recibido de Él este mandato: “Haced esto en memoria mía”? Alegres porque Él nos ha permitido preparar la mesa de Dios para los hombres, de ofrecerles su Cuerpo y su Sangre, de ofrecerles el don precioso de su misma presencia. Sí, podemos rezar juntos juntos con todo el corazón las palabras del salmo: «Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida».
domingo, 13 de junio de 2010
Párrafo de un Sermón de san Antonio
San Antonio, ruega por nosotros!
En el himno de Laudes se hace referencia a los elementos de la imagen más difundida de san Antonio y algunos aspectos de su espiritualidad. En la lectura del Oficio podés meditar con un párrafo de uno de sus muchos Sermones.
¡Salve, Antonio, venerado
con el bello lirio blanco,
el libro del Evangelio
y el Niño Dios en los brazos!
El candor en ti reboza
del corazón a los labios,
con alma pura penetras
la luz del Verbo encarnado.
Sagrario de la Escritura
eres por el Verbo santo
martillo de la mentira
y bálsamo de apenados.
A ti los pobres se acercan
buscando pan y milagros,
porque eres pobre y sencillo,
hermano entre los hermanos.
Cristo solo es tu prodigio,
tu ciencia y poder sagrado,
Cristo es tu fe y tu deleite,
Cristo en tus brazos mostrado.
¡Honor a Cristo bendito,
presente en su pecho amado;
honor a Cristo en Antonio,
que en Cristo fue consumado! Amén.
con el bello lirio blanco,
el libro del Evangelio
y el Niño Dios en los brazos!
El candor en ti reboza
del corazón a los labios,
con alma pura penetras
la luz del Verbo encarnado.
Sagrario de la Escritura
eres por el Verbo santo
martillo de la mentira
y bálsamo de apenados.
A ti los pobres se acercan
buscando pan y milagros,
porque eres pobre y sencillo,
hermano entre los hermanos.
Cristo solo es tu prodigio,
tu ciencia y poder sagrado,
Cristo es tu fe y tu deleite,
Cristo en tus brazos mostrado.
¡Honor a Cristo bendito,
presente en su pecho amado;
honor a Cristo en Antonio,
que en Cristo fue consumado! Amén.
De los sermones de san Antonio de Padua, presbítero
El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas. Estas diversas lenguas son los diversos testimonios que da de Cristo, como por ejemplo la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia, que son las palabras con que hablamos cuando los demás pueden verlas reflejadas en nuestra conducta. La palabra tiene fuerza cuando va acompañada de las obras, y, por esto, el Señor nos maldice como maldijo aquella higuera en la que no halló fruto, sino hojas tan sólo. «La norma del predicador –dice san Gregorio- es poner por obra lo que predica.» En vano se esfuerza en propagar la doctrina cristiana el que las contradice con sus obras.
Pero los apóstoles hablaban según el Espíritu les sugería. ¡Dichoso el que habla según le sugiere el Espíritu Santo y no según su propio sentir! Porque hay algunos que hablan movidos por su propio espíritu, roban las palabras de los demás y las proponen como suyas, atribuyéndoselas a sí mismos. De estos tales y otros semejantes dice el Señor por boca de Jeremías: Aquí estoy yo contra los profetas que se roban mis palabras uno a otro. Aquí estoy yo contra los profetas –oráculo del Señor- que manejan la lengua para echar oráculos. Aquí estoy yo contra los profetas de sueños falsos –oráculo del Señor-, que los cuentan para extraviar a mi pueblo, con sus embustes y jactancias. Yo no los mandé ni los envié, por eso, son inútiles a mi pueblo –oráculo del Señor-.
Hablemos, pues, según nos sugiera el Espíritu Santo, pidiéndole con humildad y devoción que infunda en nosotros su gracia, para que completemos el significado quincuagenario de Pentecostés, mediante el perfeccionamiento de nuestros cinco sentidos y la observancia de los diez mandamientos, y para que nos llenemos de la ráfaga de viento de la contrición, de manera que, encendidos e iluminados por los sagrados esplendores, podamos llegar a la contemplación del Dios uno y trino.
Basílica de san Antonio en Padua
Vista desde el patio del Noviciado.
San Antonio como otros santos franciscanos vivieron pobremente, sin embargo debido al agradecimiento de muchísimos de sus devotos, por favores recibidos gracias a su intercesión, se generan recursos que vuelven en parte en construcciones de Basílicas como ésta, podríamos pensar que expresan el "tamaño" de su actividad y de su santidad recibidas por el pueblo. Lugares que se convierten en ambientes acogedores para la oración; también permiten el desarrollo en estos santuarios de tareas de solidaridad, de promoción y asistencia a los más necesitados, la oración y la caridad ciertamente nos ayudan a ser más hermanos. Prolongan estos edificios, que a su vez son comunidades vivas, después de su muerte y misteriosamente la actividad -al menos en algunos de sus aspectos- que el santo tuvo en vida, la institucionalizan. Por la gracia del Espíritu que los animó siguen así acercando a los hombres entre ellos y ellos a Dios, aunque quizá no pensarían en semejantes estructuras.
Datos de su vida: nació en Lisboa a fines del siglo XII. Ingresó entre los canónigos regulares de san Agustín. Luego de ordenarse de sacerdote, pasó a los franciscanos –Orden de los Hermanos Menores- deseoso de misionar entre los pueblos de África pero no logro su intento. Estaba destinado a desplegar su apostolado y cosechar abundante fruto en varias regiones del sur de Francia y en Italia, por entonces tierra de herejías. Fue el primer profesor de teología de la orden franciscana. Escribió sermones llenos de ciencia, elegancia y unción. Murió en Padua en 1231. Lo canonizó Gregorio IX en 1232 y Pío XII lo proclamó doctor de la Iglesia con el título de «Evangélico».
Responsorio de san Antonio
El pan de san Antonio.
En el día de la fiesta de san Antonio de Padua les comparto aquí el conocido “Responsorio de san Antonio”. Oración compuesta por fray Julián de Spira en su honor. Refleja la fama de taumaturgo ganada por san Antonio debida a la cantidad de milagros que reconocieron hizo a los devotos poco después de su muerte y podríamos decir se mantiene de alguna manera hasta hoy. El responsorio forma parte del Officium rhythmicum s. Antonii de 1233. El Responsorio fue más tarde formalmente atribuído a san Buenaventura.
Si buscas milagros, mira
muerte y error desterrados,
miseria y demonio huidos,
leprosos y enfermos sanos
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
El peligro se retira,
los pobres van remediados;
cuéntenlo los socorridos,
díganlo los paduanos.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
Gloria al Padre, gloria al Hijo
y gloria al Espíritu Santo.
El mar sosiega su ira,
redímense encarcelados,
miembros y bienes perdidos
recobran mozos y ancianos.
R. Ruega a Cristo por nosotros, Antonio glorioso y santo.
V. Para que dignos así de sus promesas seamos.
Oremos
Oh Dios, que la devota conmemoración de san Antonio, confesor y doctor evangélico, llene de júbilo a tu Iglesia, para que regalada con tu auxilio, merezca gozar las alegrías eternas. Por Cristo nuestro Señor. Amén.
Si quaeris miracula,
Mors, error calamitas,
Daemon, lepra fugiunt,
Aegri surgunt sani.
Antifona:
Cedunt mare, vincula:
Membra resque, perditas
Petunt et accipiunt
Iuvenes et cani.
Pereunt pericula,
Cessat et necessitas:
Narrent hi, qui sentiunt,
Dicant Paduani.
Antifona:
Cedunt mare, vincula:
Membra resque, perditas
Petunt et accipiunt
Iuvenes et cani.
Gloria Patri et Filio
et Spiritui Sancto.
Antifona:
Cedunt mare, vincula:
Membra resque, perditas
Petunt et accipiunt
Iuvenes et cani.
V. Ora pro nobis, beate Antoni,
R. Ut digni efficiamur promissionibus Christi.
Oremus:
Ecclesiam tuam, Deus, beati Antonii Confessoris tui commemoratio votiva laetificet, ut spiritualibus semper muniatur auxiliis et gaudiis perfrui mereatur aeternis. Per Christum Dominum nostrum. Amen.
miércoles, 9 de junio de 2010
San Efrén Diácono y Doctor de la Iglesia siglo IV
San Efrén "cítara del Espíritu Santo"
San Efrén de Nisibe es un doctor de la Iglesia universal, declarado como tal por Benedicto XV el 5 de octubre de 1920. Antes de esta declaración, San Efrén era ya valorado como una autoridad y una referencia grande por todas las Iglesias de Oriente, especialmente, como es natural, las de tradición siríaca.
San Efrén vivió en Nisibe y en Edesa (ciudades que hoy se hallan en el este de Turquía, cerca de la frontera con Irak), en la Alta Mesopotamia, en el siglo cuarto. Su lengua nativa era un dialecto del arameo, el siríaco. La tradición sitúa su nacimiento hacia el 307, y su muerte en el 373. Desde muy temprano vivió al lado del Obispo de su ciudad natal, Santiago, bajo cuya dirección hizo sus estudios. De su juventud se sabe muy poca cosa. Después de estar empleado, para ganarse la vida, en unos baños, por consejo de un monje con quien se encontró en Edesa se retiró a la soledad, donde, bajo la dirección de un anciano, se consagró a la oración, a la penitencia y a la meditación de las Sagradas Escrituras. Ordenado Diácono en fecha indeterminada, seguiría siéndolo todo el resto de su vida, rechazando por humildad el ser elevado al sacerdocio y al episcopado.
San Efrén escribió sobre todo poesía, especialmente himnos para ser cantados en la liturgia, aunque también homilías en verso y comentarios a la Escritura, así como ciertas obras en prosa de una gran belleza. El tema fundamental de sus poesías es cantar la presencia de Cristo en todas las cosas, en la creación y en nosotros los hombres. También en el Antiguo Testamento veía él "esbozos" y "tipos" de Cristo. Con ello se oponía a tendencias "gnósticas" y "helenizantes" de la fe cristiana, como el arrianismo. Naturalmente, su canto a la Encarnación le hace ser un cantor excelente de la Virgen María, escogida por Dios para la unión más estrecha entre Cristo y los hombres, y figura de la Iglesia.
Me interesa aquí compartirles, hoy 9 de junio que la Iglesia lo celebra, dos párrafos de su Comentario al Diatessaron.:
Comparación entre la Escritura y la fuente
18. ¿Quién será capaz de abarcar hasta el final todo lo que es posible hallar en una sola de tus palabras (Señor)? Es mucho más lo que dejamos que lo que tomamos, igual que los sedientos que beben en una fuente. Los rostros de tu palabra son tantos como los de quienes la estudian. El Señor ha pintado su palabra con multitud de bellezas, para que cada uno de los que la estudia pueda adentrarse por aquella que más le place. Y ha escondido en su palabra toda clase de tesoros, para que cada uno de nosotros, sea por donde sea que meditemos en ella, podamos enriquecernos con ella. Su palabra es el árbol de la vida, que extiende hacia ti por todos los lados los frutos benditos. Y como aquella piedra que fue rasgada en el desierto, que fue para todos, por todos los lados, bebida espiritual. (Comieron) un alimento espiritual –dice (la Escritura)–, y bebieron una bebida espiritual.
19. Aquel que encuentra una sola de sus riquezas, no piense que eso es lo único que hay en ella. Más bien, que eso es lo único que él fue capaz de encontrar de las muchas cosas que hay en ella. Y (no crea) que, porque ella le ha enriquecido, él la ha hecho a ella más pobre, sino que esté agradecido a su grandeza por no haber podido alcanzarla. Alégrate porque te has saciado, y no te entristezcas por lo que te ha quedado (sin beber). El sediento se alegra de haber bebido, pero no se entristece por no haber sido capaz de agotar la fuente. Que el manantial venza a tu sed, y no venza tu sed a la fuente. Pues si tu sed termina y la fuente no disminuye, podrás beber de nuevo todas las veces que tengas sed. Pero si con tu saciedad se agota la fuente, esa victoria tuya sería para tu mal. Da gracias por lo que te has llevado, y no murmures de lo que ha quedado de más. Lo que te llevaste al irte es tu parte, lo que se quedó es tu heredad. Lo que no pudiste tomar en un momento por tu debilidad, lo irás tomando a su debido tiempo con tu perseverancia. Y no decidas en tu maldad que, o tomas de una vez lo que no puede ser llevado en una sola vez, o desistes de aquello que podrías irte llevando poco a poco.
Carta a los Clérigos - San Francisco de Asís
Oh, Alto y glorioso Dios!
Por el Año sacerdotal traigo esta carta que no es la única en la que el hermano Francisco se refiere a este misterio, pero sí la única que dirige a los clérigos. Esta carta de san Francisco de Asís a los frailes clérigos, se puede fechar entre los años 1220 y 1226. La escribió desde su fe en la Eucaristía, misterio central y frecuente de su contemplación y devoción. Es expresión también de su fe, tan concreta y realista, en la encarnación. Influyen en ella las herejías de la época -la de los cátaros entre otras-, la crecida devoción a la presencia real y las intervenciones del concilio IV de Letrán y de Honorio III.
CARTA A LOS CLÉRIGOS
Reparemos todos los clérigos en el gran pecado e ignorancia en que incurren algunos sobre el santísimo cuerpo y sangre de nuestro Señor Jesucristo y sobre los sacratísimos nombres y sus palabras escritas que consagran el cuerpo.Sabemos que no puede existir el cuerpo, si previamente no ha sido consagrado por la palabra. Nada, en efecto, tenemos ni vemos corporalmente en este mundo del Altísimo mismo, sino el cuerpo y la sangre, los nombres y las palabras por los que hemos sido hechos y redimidos de la muerte a la vida (1Jn 3,14).
Pues bien, todos los que ejercen tan santísimos ministerios, especialmente los que los administran sin discernimiento, pongan su atención en cuán viles son los cálices, los corporales y los manteles en los que se sacrifica el cuerpo y la sangre de nuestro Señor. Y hay muchos que lo abandonan en lugares indecorosos, lo llevan sin respeto, lo reciben indignamente y lo administran sin discernimiento. A veces hasta se pisan sus nombres y palabras escritas, porque el hombre animal no percibe las cosas que son de Dios (lCor 2,14).
¿No nos mueven a piedad todas estas cosas cuando el piadoso Señor mismo se pone en nuestras manos y lo tocamos y lo recibimos todos los días en nuestra boca? ¿Es que ignoramos que hemos de ir a parar a sus manos?
Así, pues, enmendémonos cuanto antes y resueltamente de todas estas cosas y de otras semejantes, y donde se encuentre colocado y abandonado indebidamente el santísimo cuerpo de nuestro Señor Jesucristo, retírese de allí y póngase y custódiese en sitio precioso. De igual modo, los nombres y palabras escritas del Señor, donde se encuentren en lugares no limpios, recójanse y colóquese en sitio decoroso.
Y sabemos que todas estas cosas debemos guardarlas por encima de todo, según los mandamientos del Señor y las prescripciones de la santa madre Iglesia. Y el que no haga esto, sepa que tendrá que dar cuenta en el día del juicio (cf. Mt 12,36), ante nuestro Señor Jesucristo.
Sepan que son benditos del Señor Dios los que hicieren copias de este escrito, para que sea mejor guardado.
Munus regendi
Sagrado Corazón de Jesús en Vos confío.
Con esta entrada termino de acercarte las catequesis de Benedicto XVI sobre los tres oficios o tareas de los sacerdotes configurados con Cristo Cabeza. Unámonos a la oración del próximo viernes once por la santidad de los Sacerdotes, entre los que por la Gracia del Señor me cuento.
Queridos hermanos y hermanas:
El Año sacerdotal está llegando a su término; por este motivo en las últimas catequesis había comenzado a hablar sobre las tareas esenciales del sacerdote, es decir: enseñar, santificar y gobernar. Ya he dedicado dos catequesis a este tema, una al ministerio de la santificación —los sacramentos, sobre todo—, y una al de la enseñanza. Por tanto, me queda hablar hoy sobre la misión del sacerdote de gobernar, de guiar, con la autoridad de Cristo, no con la propia, a la porción del pueblo que Dios le ha encomendado.
¿Cómo comprender en la cultura contemporánea esta dimensión, que implica el concepto de autoridad y tiene origen en el mandato mismo del Señor de apacentar su rebaño? ¿Qué es realmente, para nosotros los cristianos, la autoridad? Las experiencias culturales, políticas e históricas del pasado reciente, sobre todo las dictaduras en Europa del este y del oeste en el siglo XX, han hecho al hombre contemporáneo desconfiado respecto a este concepto. Una desconfianza que, no pocas veces, se manifiesta sosteniendo como necesario el abandono de toda autoridad que no venga exclusivamente de los hombres y esté sometida a ellos, controlada por ellos. Pero precisamente la mirada sobre los regímenes que en el siglo pasado sembraron terror y muerte recuerda con fuerza que la autoridad, en todo ámbito, cuando se ejerce sin una referencia a lo trascendente, si prescinde de la autoridad suprema, que es Dios mismo, acaba inevitablemente por volverse contra el hombre. Es importante, por tanto, reconocer que la autoridad humana nunca es un fin, sino siempre y sólo un medio, y que necesariamente, en toda época, el fin siempre es la persona, creada por Dios con su propia intangible dignidad y llamada a relacionarse con su creador, en el camino terreno de la existencia y en la vida eterna; es una autoridad ejercida en la responsabilidad delante de Dios, del Creador. Una autoridad entendida así, que tenga como único objetivo servir al verdadero bien de las personas y ser transparencia del único Sumo Bien que es Dios, no sólo no es extraña a los hombres, sino, al contrario, es una ayuda preciosa en el camino hacia la plena realización en Cristo, hacia la salvación.
La Iglesia está llamada y comprometida a ejercer este tipo de autoridad, que es servicio, y no la ejerce a título personal, sino en el nombre de Jesucristo, que recibió del Padre todo poder en el cielo y en la tierra (cf. Mt 28, 18). A través de los pastores de la Iglesia, en efecto, Cristo apacienta su rebaño: es él quien lo guía, lo protege y lo corrige, porque lo ama profundamente. Pero el Señor Jesús, Pastor supremo de nuestras almas, ha querido que el Colegio apostólico, hoy los obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro, y los sacerdotes, sus colaboradores más valiosos, participen en esta misión suya de hacerse cargo del pueblo de Dios, de ser educadores en la fe, orientando, animando y sosteniendo a la comunidad cristiana o, como dice el Concilio, «procurando personalmente, o por medio de otros, que cada uno de los fieles sea conducido en el Espíritu Santo a cultivar su propia vocación según el Evangelio, a la caridad sincera y diligente y a la libertad con que Cristo nos liberó» (Presbyterorum ordinis, 6). Todo pastor, por tanto, es el medio a través del cual Cristo mismo ama a los hombres: mediante nuestro ministerio —queridos sacerdotes—, a través de nosotros, el Señor llega a las almas, las instruye, las custodia, las guía. San Agustín, en su Comentario al Evangelio de san Juan, dice: «Apacentar el rebaño del Señor ha de ser compromiso de amor» (123, 5); esta es la norma suprema de conducta de los ministros de Dios, un amor incondicional, como el del buen Pastor, lleno de alegría, abierto a todos, atento a los cercanos y solícito por los lejanos (cf. san Agustín, Sermón 340, 1; Sermón 46, 15), delicado con los más débiles, los pequeños, los sencillos, los pecadores, para manifestar la misericordia infinita de Dios con las tranquilizadoras palabras de la esperanza (cf. id., Carta 95, 1).
Aunque esta tarea pastoral esté fundada en el Sacramento, su eficacia no es independiente de la existencia personal del presbítero. Para ser pastor según el corazón de Dios (cf. Jr 3, 15) es necesario un profundo arraigo en la viva amistad con Cristo, no sólo de la inteligencia, sino también de la libertad y de la voluntad, una conciencia clara de la identidad recibida en la ordenación sacerdotal, una disponibilidad incondicional a llevar al rebaño encomendado al lugar a donde el Señor quiere y no en la dirección que, aparentemente, parece más conveniente o más fácil. Esto requiere, ante todo, la continua y progresiva disponibilidad a dejar que Cristo mismo gobierne la existencia sacerdotal de los presbíteros. En efecto, nadie es realmente capaz de apacentar el rebaño de Cristo, si no vive una obediencia profunda y real a Cristo y a la Iglesia, y la docilidad del pueblo a sus sacerdotes depende de la docilidad de los sacerdotes a Cristo; por esto, en la base del ministerio pastoral está siempre el encuentro personal y constante con el Señor, el conocimiento profundo de él, el conformar la propia voluntad a la voluntad de Cristo.
En las últimas décadas se ha utilizado a menudo el adjetivo «pastoral» casi en oposición al concepto de «jerárquico», al igual que, en la misma contraposición, se ha interpretado también la idea de «comunión». Quizá este es el punto en el que puede ser útil una breve observación sobre la palabra «jerarquía», que es la designación tradicional de la estructura de autoridad sacramental en la Iglesia, ordenada según los tres niveles del sacramento del Orden: episcopado, presbiterado y diaconado. En la opinión pública prevalece, para esta realidad «jerarquía», el elemento de subordinación y el elemento jurídico; por eso, a muchos les parece que la idea de jerarquía está en contraste con la flexibilidad y la vitalidad del sentido pastoral y que también es contraria a la humildad del Evangelio. Pero esto es un sentido mal entendido de la jerarquía, históricamente causado también por abusos de autoridad y por un afán de hacer carrera, que son precisamente eso, abusos, y no derivan del ser mismo de la realidad «jerarquía». La opinión común es que «jerarquía» es siempre algo vinculado al dominio y que, de ese modo, no corresponde al verdadero sentido de la Iglesia, de la unidad en el amor de Cristo. Pero, como he dicho, esta es una interpretación errónea, que tiene su origen en abusos de la historia, pero no responde al verdadero significado de lo que es la jerarquía. Comencemos con la palabra. Generalmente se dice que el significado de la palabra jerarquía sería «dominio sagrado», pero el verdadero significado no es este, es «origen sagrado», es decir: esta autoridad no viene del hombre, sino que tiene origen en lo sagrado, en el Sacramento; por tanto, somete la persona a la vocación, al misterio de Cristo; convierte al individuo en un servidor de Cristo y sólo en cuanto servidor de Cristo este puede gobernar, guiar por Cristo y con Cristo. Por esto, quien entra en el Orden sagrado del Sacramento, en la «jerarquía», no es un autócrata, sino que entra en un vínculo nuevo de obediencia a Cristo: está vinculado a él en comunión con los demás miembros del Orden sagrado, del sacerdocio. Tampoco el Papa —punto de referencia de todos los demás pastores y de la comunión de la Iglesia— puede hacer lo que quiera; al contrario, el Papa es el custodio de la obediencia a Cristo, a su palabra resumida en la regula fidei, en el Credo de la Iglesia, y debe preceder en la obediencia a Cristo y a su Iglesia. Jerarquía implica, por tanto, un triple vínculo: ante todo, el vínculo con Cristo y el orden que el Señor dio a su Iglesia; en segundo lugar, el vínculo con los demás pastores en la única comunión de la Iglesia; y, por último, el vínculo con los fieles encomendados a la persona, en el orden de la Iglesia.
Por consiguiente, se comprende que comunión y jerarquía no son contrarias entre sí, sino que se condicionan. Son una cosa sola (comunión jerárquica). El pastor, por tanto, es pastor guiando y custodiando la grey, y a veces impidiendo que se disperse. Fuera de una visión clara y explícitamente sobrenatural, no es comprensible la tarea de gobernar propia de los sacerdotes. En cambio, sostenida por el verdadero amor por la salvación de cada fiel, es especialmente valiosa y necesaria también en nuestro tiempo. Si el fin es transmitir el anuncio de Cristo y llevar a los hombres al encuentro salvífico con él para que tengan vida, la tarea de guiar se configura como un servicio vivido en una entrega total para la edificación de la grey en la verdad y en la santidad, a menudo yendo contracorriente y recordando que el mayor debe hacerse como el menor y el superior como el servidor (cf. Lumen gentium, 27).
¿De dónde puede sacar hoy un sacerdote la fuerza para el ejercicio del propio ministerio en la plena fidelidad a Cristo y a la Iglesia, con una dedicación total a la grey? Sólo hay una respuesta: en Cristo Señor. El modo de gobernar de Jesús no es el dominio, sino el servicio humilde y amoroso del lavatorio de los pies, y la realeza de Cristo sobre el universo no es un triunfo terreno, sino que alcanza su culmen en el madero de la cruz, que se convierte en juicio para el mundo y punto de referencia para el ejercicio de la autoridad que sea expresión verdadera de la caridad pastoral. Los santos, y entre ellos san Juan María Vianney, han ejercido con amor y entrega la tarea de cuidar la porción del pueblo de Dios que se les ha encomendado, mostrando también que eran hombres fuertes y determinados, con el único objetivo de promover el verdadero bien de las almas, capaces de pagar en persona, hasta el martirio, por permanecer fieles a la verdad y a la justicia del Evangelio.
Queridos sacerdotes, «apacentad la grey de Dios que os está encomendada (...); no por mezquino afán de ganancia, sino de corazón (…) siendo modelos de la grey» (1 P 5, 2-3). Por tanto, no tengáis miedo de llevar a Cristo a cada uno de los hermanos que él os ha encomendado, seguros de que toda palabra y toda actitud, si vienen de la obediencia a la voluntad de Dios, darán fruto; vivid apreciando las cualidades y reconociendo los límites de la cultura en la que estamos inmersos, con la firme certeza de que el anuncio del Evangelio es el mayor servicio que se puede hacer al hombre. En efecto, en esta vida terrena no hay bien mayor que llevar a los hombres a Dios, despertar la fe, sacar al hombre de la inercia y de la desesperación, dar la esperanza de que Dios está cerca y guía la historia personal y del mundo: en definitiva, este es el sentido profundo y último de la tarea de gobernar que el Señor nos ha encomendado. Se trata de formar a Cristo en los creyentes, mediante ese proceso de santificación que es conversión de los criterios, de la escala de valores, de las actitudes, para dejar que Cristo viva en cada fiel. San Pablo resume así su acción pastoral: «Hijos míos, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros» (Ga 4, 19).
Queridos hermanos y hermanas, quiero invitaros a rezar por mí, Sucesor de Pedro, que tengo una tarea específica de gobernar la Iglesia de Cristo, así como por todos vuestros obispos y sacerdotes. Rezad para que sepamos cuidar de todas las ovejas, también de las perdidas, del rebaño que se nos ha confiado. A vosotros, queridos sacerdotes, os dirijo mi cordial invitación a las celebraciones conclusivas del Año sacerdotal, los días 9, 10 y 11 del próximo mes de junio, aquí en Roma: meditaremos sobre la conversión y sobre la misión, sobre el don del Espíritu Santo y sobre la relación con María santísima, y renovaremos nuestras promesas sacerdotales, sostenidos por todo el pueblo de Dios. Gracias.
Plaza de San Pedro, 26 de mayo de 2010.
Munus sanctificandi
Carguen con mi yugo y aprendan de mí,
que soy tolerante y humilde de corazón,
y encontrarán descanso para su vida.
(Mt 11, 29)
En esta entrada te acerco la segunda catequesis de Benedicto XVI sobre las tres tareas u oficios de los sacerdotes.
Queridos hermanos y hermanas:
El domingo pasado, en mi visita pastoral a Turín, tuve la alegría de estar en oración ante la Sábana Santa, uniéndome a los más de dos millones de peregrinos que han podido contemplarla durante la solemne ostensión de estos días. Ese lienzo sagrado puede nutrir y alimentar la fe, y reavivar la piedad cristiana, porque impulsa a ir al Rostro de Cristo, al Cuerpo del Cristo crucificado y resucitado, a contemplar el Misterio pascual, centro del mensaje cristiano. Del Cuerpo de Cristo resucitado, vivo y operante en la historia (cf. Rm 12, 5), nosotros, queridos hermanos y hermanas, somos miembros vivos, cada uno según la propia función, es decir, con la tarea que el Señor ha querido encomendarnos. Hoy, en esta catequesis, quiero volver a recordar las tareas específicas de los sacerdotes, que, según la tradición, son esencialmente tres: enseñar, santificar y gobernar. En una de las catequesis anteriores hablé sobre la primera de estas tres misiones: la enseñanza, el anuncio de la verdad, el anuncio del Dios revelado en Cristo, o —con otras palabras— la tarea profética de poner al hombre en contacto con la verdad, de ayudarlo a conocer lo esencial de su vida, de la realidad misma.Hoy quiero reflexionar brevemente con vosotros en la segunda tarea que tiene el sacerdote, la de santificar a los hombres, sobre todo mediante los sacramentos y el culto de la Iglesia. Aquí, ante todo, debemos preguntarnos: ¿Qué significa la palabra «santo»? La respuesta es: «Santo» es la cualidad específica del ser de Dios, es decir, absoluta verdad, bondad, amor, belleza: luz pura. Santificar a una persona significa, por tanto, ponerla en contacto con Dios, con su ser luz, verdad, amor puro. Es obvio que esta relación transforma a la persona. En la antigüedad existía esta firme convicción: nadie puede ver a Dios sin morir en seguida. La fuerza de verdad y de luz es demasiado grande. Si el hombre toca esta corriente absoluta, no sobrevive. Por otra parte, también existía la convicción de que sin un mínimo contacto con Dios el hombre no puede vivir. Verdad, bondad, amor son condiciones fundamentales de su ser. La cuestión es: ¿Cómo puede el hombre encontrar ese contacto con Dios, que es fundamental, sin morir arrollado por la grandeza del ser divino? La fe de la Iglesia nos dice que Dios mismo crea este contacto, que nos transforma poco a poco en verdaderas imágenes de Dios.
Así llegamos de nuevo a la tarea del sacerdote de «santificar». Ningún hombre por sí mismo, partiendo de sus propias fuerzas, puede poner a otro en contacto con Dios. El don, la tarea de crear este contacto, es parte esencial de la gracia del sacerdocio. Esto se realiza en el anuncio de la Palabra de Dios, en la que su luz nos sale al encuentro. Se realiza de un modo particularmente denso en los sacramentos. La inmersión en el Misterio pascual de muerte y resurrección de Cristo acontece en el Bautismo, se refuerza en la Confirmación y en la Reconciliación, se alimenta en la Eucaristía, sacramento que edifica a la Iglesia como Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo, Templo del Espíritu Santo (cf. Juan Pablo II, Pastores gregis, 32). Por tanto, es Cristo mismo quien nos hace santos, es decir, nos atrae a la esfera de Dios. Pero como acto de su infinita misericordia llama a algunos a «estar» con él (cf. Mc 3, 14) y a convertirse, mediante el sacramento del Orden, pese a su pobreza humana, en partícipes de su mismo sacerdocio, ministros de esta santificación, dispensadores de sus misterios, «puentes» del encuentro con él, de su mediación entre Dios y los hombres, y entre los hombres y Dios (cf. Presbyterorum ordinis, 5).
En las últimas décadas ha habido tendencias orientadas a hacer prevalecer, en la identidad y la misión del sacerdote, la dimensión del anuncio, separándola de la de la santificación; con frecuencia se ha afirmado que sería necesario superar una pastoral meramente sacramental. Pero ¿es posible ejercer auténticamente el ministerio sacerdotal «superando» la pastoral sacramental? ¿Qué significa propiamente para los sacerdotes evangelizar? ¿En qué consiste el así llamado «primado del anuncio»? Como narran los Evangelios, Jesús afirma que el anuncio del reino de Dios es el objetivo de su misión; pero este anuncio no es sólo un «discurso», sino que incluye, al mismo tiempo, su mismo actuar; los signos, los milagros que Jesús realiza indican que el Reino viene como realidad presente y que coincide en última instancia con su persona, con el don de sí mismo, como hemos escuchado hoy en la liturgia del Evangelio. Y lo mismo vale para el ministro ordenado: él, el sacerdote, representa a Cristo, al Enviado del Padre, continúa su misión, mediante la «palabra» y el «sacramento», en esta totalidad de cuerpo y alma, de signo y palabra. San Agustín, en una carta al obispo Honorato de Thiabe, refiriéndose a los sacerdotes afirma: «Hagan, por tanto, los servidores de Cristo, los ministros de la palabra y del sacramento de él, lo que él mandó o permitió» (Epist. 228, 2). Es necesario reflexionar si, en algunos casos, haber subestimado el ejercicio fiel del munus sanctificandi, no ha constituido quizá un debilitamiento de la fe misma en la eficacia salvífica de los sacramentos y, en definitiva, en el obrar actual de Cristo y de su Espíritu, a través de la Iglesia, en el mundo.
Por consiguiente, ¿quién salva al mundo y al hombre? La única respuesta que podemos dar es: Jesús de Nazaret, Señor y Cristo, crucificado y resucitado. Y ¿dónde se actualiza el Misterio de la muerte y resurrección de Cristo, que trae la salvación? En la acción de Cristo mediante la Iglesia, en particular en el sacramento de la Eucaristía, que hace presente la ofrenda sacrificial redentora del Hijo de Dios; en el sacramento de la Reconciliación, en el que de la muerte del pecado se vuelve a la vida nueva; y en cualquier otro acto sacramental de santificación (cf. Presbyterorum ordinis, 5). Es importante, por tanto, promover una catequesis adecuada para ayudar a los fieles a comprender el valor de los sacramentos, pero asimismo es necesario, siguiendo el ejemplo del santo cura de Ars, ser generosos, estar disponibles y atentos para comunicar a los hermanos los tesoros de gracia que Dios ha puesto en nuestras manos, y de los cuales no somos «dueños», sino custodios y administradores. Sobre todo en nuestro tiempo, en el cual, por un lado, parece que la fe se va debilitando y, por otro, emergen una profunda necesidad y una búsqueda generalizada de espiritualidad, es preciso que todo sacerdote recuerde que en su misión el anuncio misionero y el culto y los sacramentos nunca van separados, y promueva una sana pastoral sacramental, para formar al pueblo de Dios y ayudarlo a vivir en plenitud la liturgia, el culto de la Iglesia, los sacramentos como dones gratuitos de Dios, actos libres y eficaces de su acción de salvación.
Como recordé en la santa Misa crismal de este año: «El sacramento es el centro del culto de la Iglesia. Sacramento significa, en primer lugar, que no somos los hombres los que hacemos algo, sino que es Dios el que se anticipa y viene a nuestro encuentro con su actuar, nos mira y nos conduce hacia él. (...) Dios nos toca por medio de realidades materiales (...) que él toma a su servicio, convirtiéndolas en instrumentos del encuentro entre nosotros y él mismo» (Misa crismal, 1 de abril de 2010: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 11 de abril de 2010, p. 2). La verdad según la cual en el sacramento «no somos los hombres los que hacemos algo» concierne, y debe concernir, también a la conciencia sacerdotal: cada presbítero sabe bien que es instrumento necesario para la acción salvífica de Dios, pero siempre instrumento. Esta conciencia debe llevar a ser humildes y generosos en la administración de los Sacramentos, en el respeto de las normas canónicas, pero también en la profunda convicción de que la propia misión es hacer que todos los hombres, unidos a Cristo, puedan ofrecerse como hostia viva y santa, agradable a Dios (cf. Rm 12, 1). San Juan María Vianney también es ejemplar acerca del primado del munus sanctificandi y de la correcta interpretación de la pastoral sacramental: Un día, frente a un hombre que decía que no tenía fe y deseaba discutir con él, el párroco respondió: «¡Oh Amigo mío!, vas mal encaminado, yo no sé razonar..., pero si necesitas consolación, ponte allí... (indicaba con su dedo el inexorable escabel [del confesionario]) y, créeme, muchos se han arrodillado allí antes que tú y no se han arrepentido» (cf. Monnin A., Il Curato d'Ars. Vita di Gian-Battista-Maria Vianney, vol. I, Turín 1870, pp. 163-164).
Queridos sacerdotes, vivid con alegría y con amor la liturgia y el culto: es acción que Cristo resucitado realiza con la potencia del Espíritu Santo en nosotros, con nosotros y por nosotros. Quiero renovar la invitación que hice recientemente a «volver al confesionario, como lugar en el cual celebrar el sacramento de la Reconciliación, pero también como lugar en el que “habitar” más a menudo, para que el fiel pueda encontrar misericordia, consejo y consuelo, sentirse amado y comprendido por Dios y experimentar la presencia de la Misericordia divina, junto a la presencia real en la Eucaristía» (Discurso a la Penitenciaría apostólica, 11 de marzo de 2010: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 14 de marzo de 2010, p. 5). Y también quiero invitar a todos los sacerdotes a celebrar y vivir con intensidad la Eucaristía, que está en el centro de la tarea de santificar; es Jesús que quiere estar con nosotros, vivir en nosotros, darse a sí mismo, mostrarnos la infinita misericordia y ternura de Dios; es el único Sacrificio de amor de Cristo que se hace presente, se realiza entre nosotros y llega hasta el trono de la Gracia, a la presencia de Dios, abraza a la humanidad y nos une a él (cf. Discurso al clero de Roma, 18 de febrero de 2010). Y el sacerdote está llamado a ser ministro de este gran Misterio, en el sacramento y en la vida. Aunque «la gran tradición eclesial con razón ha desvinculado la eficacia sacramental de la situación existencial concreta del sacerdote, salvaguardando así adecuadamente las legítimas expectativas de los fieles», eso no quita nada «a la necesaria, más aún, indispensable tensión hacia la perfección moral, que debe existir en todo corazón auténticamente sacerdotal»: el pueblo de Dios espera de sus pastores también un ejemplo de fe y un testimonio de santidad (cf. Discurso a la plenaria de la Congregación para el clero, 16 de marzo de 2009: L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 20 de marzo de 2009, p. 5). En la celebración de los santos misterios es donde el sacerdote encuentra la raíz de su santificación (cf. Presbyterorum ordinis, 12-13).
Queridos amigos, sed conscientes del gran don que los sacerdotes constituyen para la Iglesia y para el mundo; mediante su ministerio, el Señor sigue salvando a los hombres, haciéndose presente, santificando. Estad agradecidos a Dios, y sobre todo estad cerca de vuestros sacerdotes con la oración y con el apoyo, especialmente en las dificultades, a fin de que sean cada vez más pastores según el corazón de Dios. Muchas gracias.
Plaza de San Pedro, 5 de mayo de 2010.
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