jueves, 28 de febrero de 2013

¡Gracias Benedicto XVI!

Benedicto XVI  última aparición como Papa
Castel Gandolfo, 28 de febrero de 2013 
cerca de las 17,30 horas, hora de Roma.

Benedicto XVI dirigió espontáneamente unas palabras en italiano a los presentes mientras lo saludaban con gran entusiasmo, vivándolo y agradeciéndole, en su última aparición en público como Papa. Comparto aquí, traducidas desde el audio, sus palabras. Encuentran el video en: http://www.youtube.com/watch?v=X7ny81Xi_8s 

¡Gracias! ¡Gracias a ustedes!
Queridos amigos, estoy feliz de estar con ustedes, rodeado por la belleza de la creación y con vuestra simpatía que me hace muy bien. Gracias por vuestra amistad y vuestro afecto. Ustedes saben que este día mío es distinto a los precedentes: no soy más el Pontífice Sumo de la Iglesia Católica, hasta las ocho de la noche lo soy todavía, después ya no más. Soy simplemente un peregrino que inicia la última etapa de su peregrinación en esta tierra. Pero quisiera todavía, con mi corazón, con mi amor, con mi oración, con mi reflexión, con todas mis fuerzas interiores trabajar para el bien común, el de la Iglesia y el de la humanidad, y me siento muy apoyado por vuestra simpatía. Vayamos adelante juntos, con el Señor, para el bien de la Iglesia y del mundo. ¡Gracias! Les imparto ahora con todo el corazón mi bendición: Nos bendiga Dios omnipotente: Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¡Gracias! ¡Buenas noches! ¡Gracias a ustedes todos!

Sede Vacante

Del Misal Romano les copio la Antífona de entrada y la ORACIÓN COLECTA de la Misa para la elección del Papa.

Antífona de entrada: Me suscitaré un sacerdote fiel, que obrará conforme a mi corazón, dice el Señor. Y edificaré para él una casa duradera, y caminará en mi presencia todos los días de su vida. (Cf. 1 Sam2, 35)

ORACION COLECTA: Dios y Pastor eterno, que gobiernas y proteges siempre a tu Iglesia, concédele, en tu infinita bondad, un pastor que te agrade por su santidad y que nos guíe y acompañe con paternal solicitud.

sábado, 6 de octubre de 2012

San Bruno - 6 de octubre

Agradecido al Señor por la forma de vida que hizo germinar en la Iglesia por medio de él y su perdurabilidad en la historia con sus frutos en el Espíritu, conmemoro a san Bruno. Aliento entusiasmado para disponernos a la escucha obediente de la Palabra, perdura en la familia de los cartujos y las cartujas. Hombre muy instruido, percibe en sus hermanos "legos" -no instruidos- la obra del Espíritu, su santa operación como dice Francisco de Asís, que graba en sus corazones el amor y el conocimiento de la ley, mediante la práctica de la verdadera obediencia, y que muestran en su conducta.

San Bruno

En el Oficio de Lectura de la Liturgia de las Horas de hoy, se ponen párrafos de una Carta de san Bruno a sus hijos cartujos, en el último se refiere a sus hermanos "legos", de la forma que anticipo arriba:

Con respecto a vosotros, mis amadísimos hermanos legos, yo os digo: Proclama mi alma la grandeza del Señor, porque veo la magnificencia de su misericordia sobre vosotros, por lo que me ha contado vuestro prior y padre amantísimo, el cual está muy satisfecho y contento de vuestro proceder. Alegrémonos también nosotros porque, sin haberos dedicado al estudio, el Dios poderoso graba en vuestros corazones no sólo el amor, sino también el conocimiento de su santa ley. En efecto, vuestra conducta es una prueba de vuestro amor, como también de vuestra sabiduría. Porque vuestro interés y cautela en practicar la verdadera obediencia pone de manifiesto que sabéis captar el fruto dulcísimo y vital de la sagrada Escritura.

sábado, 7 de abril de 2012

Pascua de Resurrección

¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?
No está aquí, ha resucitado.

ALABANZAS AL DIOS ALTÍSIMO

Tú eres el santo, Señor Dios único, el que haces maravillas.
Tú eres el fuerte, tú eres el grande, tú eres el altísimo, tú eres el rey omnipotente; tú, Padre santo, rey del cielo y de la tierra.
Tú eres trino y uno, Señor Dios de dioses; tú eres el bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero.
Tú eres el amor, la caridad; tú eres la sabiduría, tú eres la humildad, tú eres la paciencia, tú eres la hermosura, tú eres la mansedumbre; tú eres la seguridad, tú eres la quietud, tú eres el gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría, tú eres la justicia, tú eres la templanza, tú eres toda nuestra riqueza a saciedad.
Tú eres la hermosura, tú eres la mansedumbre, tú eres el protector, tú eres nuestro custodio y defensor; tú eres la fortaleza, tú eres el refrigerio.
Tú eres nuestra esperanza, tú eres nuestra fe, tú eres nuestra caridad, tú eres toda nuestra dulzura, tú eres nuestra vida eterna, grande y admirable Señor, omnipotente Dios, misericordioso Salvador.

San Francisco de Asís

Escrito en un pergamino de 10 por 14 que deja traslucir los dobleces en cuatro y el roce con la túnica de fray León, quien fue el que lo guardó.

*** * ***
¡Permanezcamos en su Alegría!
¡Permanezcamos en su Amor!
¡PERMANEZCAMOS EN ÉL!
¡Permanezcamos en su Humildad!
¡Permanezcamos en su Paz!

*** * ***

Reina del cielo, alégrate, aleluia,
porque Cristo, a quien llevaste en tu seno, aleluia,
ha resucitado, según su palabra, aleluia.
Ruega al Señor por nosotros, aleluia.

viernes, 6 de abril de 2012

Via Crucis Palabras finales de Benedicto XVI


Terminado el Via Crucis en el Coliseo, Benedicto XVI compartió las siguientes palabras con los que asistieron


Queridos hermanos y hermanas
Hemos recordado en la meditación, la oración y el canto, el camino de Jesús en la vía de la cruz: una vía que parecía sin salida y que, sin embargo, ha cambiado la vida y la historia del hombre, ha abierto el paso hacia los «cielos nuevos y la tierra nueva» (cf. Ap 21,1). Especialmente en este día del Viernes Santo, la Iglesia celebra con íntima devoción espiritual la memoria de la muerte en cruz del Hijo de Dios y, en su cruz, ve el árbol de la vida, fecundo de una nueva esperanza.
La experiencia del sufrimiento y de la cruz marca la humanidad, marca incluso la familia; cuántas veces el camino se hace fatigoso y difícil. Incomprensiones, divisiones, preocupaciones por el futuro de los hijos, enfermedades, dificultades de diverso tipo. En nuestro tiempo, además, la situación de muchas familias se ve agravada por la precariedad del trabajo y por otros efectos negativos de la crisis económica. El camino del Via Crucis, que hemos recorrido esta noche espiritualmente, es una invitación para todos nosotros, y especialmente para las familias, a contemplar a Cristo crucificado para tener la fuerza de ir más allá de las dificultades. La cruz de Jesús es el signo supremo del amor de Dios para cada hombre, la respuesta sobreabundante a la necesidad que tiene toda persona de ser amada. Cuando nos encontramos en la prueba, cuando nuestras familias deben afrontar el dolor, la tribulación, miremos a la cruz de Cristo: allí encontramos el valor y la fuerza para seguir caminando; allí podemos repetir con firme esperanza las palabras de san Pablo: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?: ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?... Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado» (Rm 8,35.37).
En la aflicción y la dificultad, no estamos solos; la familia no está sola: Jesús está presente con su amor, la sostiene con su gracia y le da la fuerza para seguir adelante, para afrontar los sacrificios y superar todo obstáculo. Y es a este amor de Cristo al que debemos acudir cuando las vicisitudes humanas y las dificultades amenazan con herir la unidad de nuestra vida y de la familia. El misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo alienta a seguir adelante con esperanza: la estación del dolor y de la prueba, si la vivimos con Cristo, con fe en él, encierra ya la luz de la resurrección, la vida nueva del mundo resucitado, la pascua de cada hombre que cree en su Palabra.
En aquel hombre crucificado, que es el Hijo de Dios, incluso la muerte misma adquiere un nuevo significado y orientación, es rescatada y vencida, es el paso hacia la nueva vida: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24). Encomendémonos a la Madre de Cristo. A ella, que ha acompañado a su Hijo por la vía dolorosa. Que ella, que estaba junto a la cruz en la hora de su muerte, que ha alentado a la Iglesia desde su nacimiento para que viva la presencia del Señor, dirija nuestros corazones, los corazones de todas las familias a través del inmenso mysterium passionis hacia el mysterium paschale, hacia aquella luz que prorrumpe de la Resurrección de Cristo y muestra el triunfo definitivo del amor, de la alegría, de la vida, sobre el mal, el sufrimiento, la muerte. Amén.

jueves, 5 de abril de 2012

14ª Estación: Jesús es colocado en el sepulcro.


V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Pues por tu santa Cruz, redimiste al mundo.


Lectura del Evangelio según san Juan 19, 41-42

Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Un profundo silencio envuelve el Calvario. Juan testifica en el evangelio que el Calvario se encuentra en un huerto donde hay un sepulcro que aún no se había usado. Precisamente allí los discípulos de Jesús pusieron su cuerpo.
Aquel Jesús, que poco a poco han reconocido como Dios hecho hombre, está allí, muerto. En la soledad desconocida se sienten perdidos, no saben qué hacer, cómo comportarse. Sólo les queda consolarse mutuamente, darse ánimos unos a otros, abrazarse. Pero justamente allí donde en los discípulos madura el momento de la fe, recordando lo que Jesús ha dicho y hecho cuando estaba entre ellos, y que entonces habían comprendido sólo en parte.
Allí comienzan a ser Iglesia, en espera de la Resurrección y de la efusión del Espíritu Santo. Con ellos esta la madre de Jesús, María, que el Hijo había confiado a Juan. Se reúnen con ella, alrededor de ella. En espera. A la espera de que el Señor se manifieste.
Sabemos que aquel cuerpo después de tres días ha resucitado. Así, Jesús vive por siempre y nos acompaña, él personalmente, en nuestro viaje terreno entre alegrías y tribulaciones.
Jesús, haz que nos amemos mutuamente. Para tenerte de nuevo entre nosotros, cada día, como tu mismo has prometido: «donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Padre nuestro, ...

13ª Est. Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre.



V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Pues por tu santa Cruz, redimiste al mundo.


Lectura del Evangelio según san Juan 19, 38
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo.

María ve morir a su Hijo, Hijo de Dios y también suyo. Sabe que es inocente, y que ha cargado con el peso de nuestras miserias. La Madre ofrece al Hijo, el Hijo ofrece a la Madre. A Juan, a nosotros.
Jesús y María, he aquí una familia que, sobre el Calvario, vive y sufre la suprema separación. La muerte los aleja, o por lo menos así parece, a una madre y a un hijo con un lazo al mismo tiempo humano y divino inimaginable. Lo ofrecen por amor. Juntos se abandonan a la voluntad de Dios.
En la grieta abierta en el corazón de María entra otro hijo, que representa a la humanidad entera. Y el amor de María por cada uno de nosotros es la prolongación del amor que ella ha tenido por Jesús. Sí, porque verá su rostro en los discípulos. Y vivirá para ellos, para sostenerlos, ayudarlos, animarlos, llevarlos a reconocer el Amor de Dios, y que en su libertad se dirijan al Padre.
¿Qué me dicen, qué nos dicen, qué les dicen a nuestras familias esa Madre y ese Hijo en el Calvario? Uno sólo se puede parar, atónito, ante esta escena. Se intuye que esta Madre, este Hijo nos están dando un don único, irrepetible. En efecto, en ellos encontramos la capacidad de ensanchar nuestro corazón y abrir nuestro horizonte a la dimensión universal.
Allí, sobre el Calvario, junto a ti, Jesús, muerto por nosotros, nuestras familias acogen el don de Dios: el don de un amor que puede abrir los brazos al infinito.

Padre nuestro, ...

12ª Estación: Jesús muere en la cruz.



V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Pues por tu santa Cruz, redimiste al mundo.


Lectura del Evangelio según san Mateo 27, 45-46

Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:«Elí, Elí, lemá sabaktaní» (es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)

Jesús está colgado en la cruz. Horas de angustia, horas terribles, horas de sufrimientos físicos inhumanos. «Tengo sed», dice Jesús. Y le acercan a la boca una esponja empapada en vinagre.
Un grito surge de improviso: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?». ¿Blasfemia? ¿El condenado grita el Salmo? ¿Cómo aceptar a un Dios que clama, que se lamenta, que no sabe, no entiende? ¿El Hijo de Dios hecho hombre que se siente morir abandonado por su Padre?
Jesús, te has hecho uno de los nuestros hasta este punto, uno con nosotros, excepto en el pecado. Tú, Hijo de Dios hecho hombre, tú, que eres el Santo, te has identificado con nosotros hasta experimentar nuestra condición de pecadores, la lejanía de Dios, el infierno de aquellos que no tienen Dios. Tú has probado la oscuridad para darnos la luz. Has vivido la separación para darnos la unidad. Has aceptado el dolor para dejarnos el amor. Has sentido la exclusión, abandonado y suspendido entre el cielo y la tierra, para acogernos en la vida de Dios. Un misterio nos envuelve al revivir cada paso de tu pasión. Jesús, tú no guardas celoso el tesoro de tu ser igual a Dios, sino que te haces pobre de todo para enriquecernos.
«En tus manos entrego mi espíritu». ¿Cómo has hecho, Jesús, en aquel abismo de desolación, para confiarte al amor del Padre, para abandonarte a él, para morir en él? Sólo mirándote a ti, sólo contigo, podemos afrontar las tragedias, el sufrimiento de los inocentes, las humillaciones, los ultrajes, la muerte.
Jesús vive su muerte como don para mí, para nosotros, para nuestra familia, para cada persona, para cada familia, para cada pueblo, la humanidad entera. En aquel acto renace la vida.

Padre nuestro, ...

11ª Estación: Jesús es clavado en la cruz.


V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Pues por tu santa Cruz, redimiste al mundo.


Lectura del Evangelio según san Juan 19, 18-22
Lo crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos».

Llegados al lugar del «Calvario», los soldados crucificaron a Jesús. Pilato hace escribir: «Jesús Nazareno, el rey de los judíos», para ridiculizarlo y humillar a los judíos. Pero, sin quererlo, este escrito certifica una realidad: la realeza de Jesús, rey de un reino que no tiene confines ni de espacio, ni de tiempo.
Apenas podemos imaginarnos el dolor de Jesús durante la crucifixión, cruenta y dolorosísima. Nos asomamos al misterio: ¿Por qué Dios, haciéndose hombre por amor nuestro, se deja clavar en un leño y alzar desde la tierra entre atroces espasmos, físicos y espirituales?
Por amor. Por amor. Es la ley del amor lo que lleva a dar la propia vida por el bien del otro. Lo confirman esas madres que han afrontado incluso la muerte para dar a luz a sus hijos. O los padres que han perdido un hijo en la guerra o en atentados terroristas y que no desean vengarse.
Jesús, en el Calvario nos representas a todos, a todos los hombres de ayer, de hoy y de mañana. Sobre la cruz nos has enseñado a amar. Ahora comenzamos a comprender el secreto de aquella alegría perfecta de la que hablabas a los discípulos en la última cena. Has tenido que bajar del cielo, hacerte niño, después adulto y entonces padecer en el Calvario para decirnos con tu vida lo que es el verdadero amor.
Mirándote allí arriba en la cruz, también nosotros, como familia, esposos, padres e hijos estamos aprendiendo a amarnos y a amar, a cultivar entre nosotros esa acogida que se da a sí misma y que sabe ser aceptada con reconocimiento. Que sabe sufrir, que sabe trasformar el sufrimiento en amor.

Padre nuestro, ...

10ª Est. Jesús es despojado de sus vestiduras


V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Pues por tu santa Cruz, redimiste al mundo.


Lectura del Evangelio según san Juan 19, 23
Los soldados... tomaron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo.

Jesús está en manos de los soldados. Como todo condenado, es desnudado, para humillarlo, reducirlo a nada. La indiferencia, el desprecio y despreocupación por la dignidad de la persona humana se unen con la glotonería, la codicia y el propio interés: «cogieron su ropa».
Tu manto, Jesús, era sin costuras. Esto demuestra el esmero con que te trataba tu madre y las personas que te seguían.
Ahora te encuentras sin vestidos, Jesús, y experimentas la desazón de los sometidos al capricho de gente que no tiene respeto de la persona humana.
Cuántos han sufrido y sufren por esta falta de respeto por la persona humana, por la propia intimidad. Puede que a veces tampoco nosotros tengamos el respeto debido a la dignidad personal de quien está a nuestro lado, «poseyendo» a quien está a nuestro lado, hijo, marido, esposa, pariente, conocido o desconocido. En nombre de nuestra supuesta libertad herimos la de los demás: cuánto descuido, cuánta dejadez en los comportamientos y en el modo de presentarnos el uno al otro.
Jesús, que se deja mostrar así a los ojos del mundo de entonces y de la humanidad de siempre, nos recuerda la grandeza de la persona humana, la dignidad que Dios ha dado a cada hombre, a cada mujer, y que nada ni nadie debería violar, porque están plasmados a imagen de Dios. A nosotros se nos confía la tarea de promover el respeto de la persona humana y de su cuerpo. En particular a nosotros, los esposos, la tarea de conjugar estas dos realidades fundamentales e inseparables: la dignidad y el don total de sí mismo.

Padre nuestro, ...

9ª Estación: Jesús cae por tercera vez


V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Pues por tu santa Cruz, redimiste al mundo.


Lectura del Evangelio según san Lucas 22, 28-30a.
«Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas, y yo preparo para vosotros el reino como me lo preparó mi Padre a mí, de forma que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino».

El camino de subida es corto, pero ya no tiene fuerzas. Jesús está acabado física y espiritualmente. Siente sobre sí el odio de los jefes, de los sacerdotes, de la muchedumbre que parecen querer descargar sobre él la rabia reprimida por tantas opresiones del pasado y del presente. Como si buscaran la revancha, haciendo valer su poder sobre Jesús.
Y caes, caes Jesús, por tercera vez. Pareces sucumbir. Pero he aquí que con extrema fatiga te vuelves a levantar y reemprendes el terrible camino hacia el Gólgota. Ciertamente, muchos de nuestros hermanos en todo el mundo están sufriendo pruebas tremendas porque te siguen, Jesús. Están subiendo contigo hacia el Calvario y contigo están también cayendo bajo las persecuciones que desde hace dos mil años laceran tu cuerpo que es la Iglesia.
Con estos hermanos nuestros en el corazón, queremos ofrecer nuestra vida, nuestra fragilidad, nuestra miseria, nuestras pequeñas y grandes penas cotidianas. Vivimos con frecuencia anestesiados por el bienestar, sin comprometernos con todas las fuerzas en levantarnos de nuevo y levantar a la humanidad. Pero podemos volver a ponernos en pie, porque Jesús ha encontrado la fuerza de volverse a alzar y reemprender el camino.
También nuestras familias son parte de este tejido deshilachado, están sujetas a un estado de bienestar que se convierte en la meta misma de la vida. Nuestros hijos crecen. Intentemos habituarles a la sobriedad, al sacrificio, a la renuncia. Tratemos de darles una vida social satisfactoria en el ámbito deportivo, asociativo y recreativo, pero sin que estas actividades sean sólo un modo para llenar la jornada y tener todo lo que se desea.
Por eso, Jesús, necesitamos escuchar tus palabras, de las que deseamos dar testimonio: «Bienaventurados los pobres, bienaventurados los mansos, bienaventurados los constructores de paz, bienaventurados los que sufren por la justicia…».

Padre nuestro, ...