sábado, 7 de abril de 2012
Pascua de Resurrección
¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?
No está aquí, ha resucitado.
ALABANZAS AL DIOS ALTÍSIMO
Tú eres el santo, Señor Dios único,
el que haces maravillas.
Tú eres el fuerte, tú eres el grande, tú eres el altísimo, tú eres el rey omnipotente; tú, Padre santo, rey del
cielo y de la tierra.
Tú eres trino y uno, Señor
Dios de dioses; tú eres el bien, todo bien, sumo bien, Señor Dios vivo y
verdadero.
Tú eres el amor, la caridad;
tú eres la sabiduría, tú eres la humildad, tú eres la paciencia, tú eres la
hermosura, tú eres la mansedumbre; tú eres la seguridad, tú eres la quietud, tú
eres el gozo, tú eres nuestra esperanza y alegría, tú eres la justicia, tú eres
la templanza, tú eres toda nuestra riqueza a saciedad.
Tú eres la hermosura, tú eres
la mansedumbre, tú eres el protector, tú eres nuestro custodio y defensor; tú eres
la fortaleza, tú eres el refrigerio.
Tú eres nuestra esperanza, tú
eres nuestra fe, tú eres nuestra caridad, tú eres toda nuestra dulzura, tú eres
nuestra vida eterna, grande y admirable Señor, omnipotente Dios, misericordioso
Salvador.
San Francisco de Asís
Escrito en un pergamino de 10
por 14 que deja traslucir los dobleces en cuatro y el roce con la túnica de
fray León, quien fue el que lo guardó.
*** * ***
¡Permanezcamos en su Alegría!
¡Permanezcamos en su Amor!
¡PERMANEZCAMOS EN ÉL!
¡Permanezcamos en su Humildad!
¡Permanezcamos en su Paz!
*** * ***
Reina del cielo, alégrate,
aleluia,
porque Cristo, a quien
llevaste en tu seno, aleluia,
ha resucitado, según su
palabra, aleluia.
Ruega al Señor por nosotros,
aleluia.
viernes, 6 de abril de 2012
Via Crucis Palabras finales de Benedicto XVI
Terminado el Via Crucis en el Coliseo, Benedicto XVI compartió las siguientes palabras con los que asistieron
Queridos hermanos y hermanas
Hemos recordado en la meditación, la oración y el canto, el
camino de Jesús en la vía de la cruz: una vía que parecía sin salida y que, sin
embargo, ha cambiado la vida y la historia del hombre, ha abierto el paso hacia
los «cielos nuevos y la tierra nueva» (cf. Ap 21,1). Especialmente en este día
del Viernes Santo, la Iglesia
celebra con íntima devoción espiritual la memoria de la muerte en cruz del Hijo
de Dios y, en su cruz, ve el árbol de la vida, fecundo de una nueva esperanza.
La experiencia del sufrimiento y de la cruz marca la
humanidad, marca incluso la familia; cuántas veces el camino se hace fatigoso y
difícil. Incomprensiones, divisiones, preocupaciones por el futuro de los
hijos, enfermedades, dificultades de diverso tipo. En nuestro tiempo, además,
la situación de muchas familias se ve agravada por la precariedad del trabajo y
por otros efectos negativos de la crisis económica. El camino del Via Crucis,
que hemos recorrido esta noche espiritualmente, es una invitación para todos nosotros,
y especialmente para las familias, a contemplar a Cristo crucificado para tener
la fuerza de ir más allá de las dificultades. La cruz de Jesús es el signo
supremo del amor de Dios para cada hombre, la respuesta sobreabundante a la
necesidad que tiene toda persona de ser amada. Cuando nos encontramos en la
prueba, cuando nuestras familias deben afrontar el dolor, la tribulación,
miremos a la cruz de Cristo: allí encontramos el valor y la fuerza para seguir
caminando; allí podemos repetir con firme esperanza las palabras de san Pablo:
«¿Quién nos separará del amor de Cristo?: ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la
persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?... Pero en
todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado» (Rm 8,35.37).
En la aflicción y la dificultad, no estamos solos; la
familia no está sola: Jesús está presente con su amor, la sostiene con su
gracia y le da la fuerza para seguir adelante, para afrontar los sacrificios y
superar todo obstáculo. Y es a este amor de Cristo al que debemos acudir cuando
las vicisitudes humanas y las dificultades amenazan con herir la unidad de
nuestra vida y de la familia. El misterio de la pasión, muerte y resurrección
de Cristo alienta a seguir adelante con esperanza: la estación del dolor y de
la prueba, si la vivimos con Cristo, con fe en él, encierra ya la luz de la
resurrección, la vida nueva del mundo resucitado, la pascua de cada hombre que
cree en su Palabra.
En aquel hombre crucificado, que es el Hijo de Dios, incluso
la muerte misma adquiere un nuevo significado y orientación, es rescatada y
vencida, es el paso hacia la nueva vida: «si el grano de trigo no cae en tierra
y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24).
Encomendémonos a la Madre
de Cristo. A ella, que ha acompañado a su Hijo por la vía dolorosa. Que ella,
que estaba junto a la cruz en la hora de su muerte, que ha alentado a la Iglesia desde su
nacimiento para que viva la presencia del Señor, dirija nuestros corazones, los
corazones de todas las familias a través del inmenso mysterium passionis hacia
el mysterium paschale, hacia aquella luz que prorrumpe de la Resurrección de
Cristo y muestra el triunfo definitivo del amor, de la alegría, de la vida,
sobre el mal, el sufrimiento, la muerte. Amén.
jueves, 5 de abril de 2012
14ª Estación: Jesús es colocado en el sepulcro.
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Pues por tu santa Cruz, redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según san Juan 19, 41-42
Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el
huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para
los judíos era el día de la
Preparación , y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a
Jesús.
Un profundo silencio envuelve el Calvario. Juan testifica en
el evangelio que el Calvario se encuentra en un huerto donde hay un sepulcro
que aún no se había usado. Precisamente allí los discípulos de Jesús pusieron
su cuerpo.
Aquel Jesús, que poco a poco han reconocido como Dios hecho
hombre, está allí, muerto. En la soledad desconocida se sienten perdidos, no
saben qué hacer, cómo comportarse. Sólo les queda consolarse mutuamente, darse
ánimos unos a otros, abrazarse. Pero justamente allí donde en los discípulos
madura el momento de la fe, recordando lo que Jesús ha dicho y hecho cuando
estaba entre ellos, y que entonces habían comprendido sólo en parte.
Allí comienzan a ser Iglesia, en espera de la Resurrección y de la
efusión del Espíritu Santo. Con ellos esta la madre de Jesús, María, que el
Hijo había confiado a Juan. Se reúnen con ella, alrededor de ella. En espera. A
la espera de que el Señor se manifieste.
Sabemos que aquel cuerpo después de tres días ha resucitado.
Así, Jesús vive por siempre y nos acompaña, él personalmente, en nuestro viaje
terreno entre alegrías y tribulaciones.
Jesús, haz que nos amemos mutuamente. Para tenerte de nuevo
entre nosotros, cada día, como tu mismo has prometido: «donde dos o tres están
reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
Padre nuestro, ...
13ª Est. Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre.
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Pues por tu santa Cruz, redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según san Juan 19, 38
Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de
Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara
llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó
el cuerpo.
María ve morir a su Hijo, Hijo de Dios y también suyo. Sabe
que es inocente, y que ha cargado con el peso de nuestras miserias. La Madre ofrece al Hijo, el
Hijo ofrece a la Madre. A
Juan, a nosotros.
Jesús y María, he aquí una familia que, sobre el Calvario,
vive y sufre la suprema separación. La muerte los aleja, o por lo menos así
parece, a una madre y a un hijo con un lazo al mismo tiempo humano y divino
inimaginable. Lo ofrecen por amor. Juntos se abandonan a la voluntad de Dios.
En la grieta abierta en el corazón de María entra otro hijo,
que representa a la humanidad entera. Y el amor de María por cada uno de
nosotros es la prolongación del amor que ella ha tenido por Jesús. Sí, porque
verá su rostro en los discípulos. Y vivirá para ellos, para sostenerlos,
ayudarlos, animarlos, llevarlos a reconocer el Amor de Dios, y que en su
libertad se dirijan al Padre.
¿Qué me dicen, qué nos dicen, qué les dicen a nuestras
familias esa Madre y ese Hijo en el Calvario? Uno sólo se puede parar, atónito,
ante esta escena. Se intuye que esta Madre, este Hijo nos están dando un
don único, irrepetible. En efecto, en ellos encontramos la capacidad de ensanchar
nuestro corazón y abrir nuestro horizonte a la dimensión universal.
Allí, sobre el Calvario, junto a ti, Jesús, muerto por
nosotros, nuestras familias acogen el don de Dios: el don de un amor que puede
abrir los brazos al infinito.
Padre nuestro, ...
12ª Estación: Jesús muere en la cruz.
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Pues por tu santa Cruz, redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según san Mateo 27, 45-46
Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas
sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:«Elí, Elí,
lemá sabaktaní» (es decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»)
Jesús está colgado en la cruz. Horas de angustia, horas
terribles, horas de sufrimientos físicos inhumanos. «Tengo sed», dice Jesús. Y
le acercan a la boca una esponja empapada en vinagre.
Un grito surge de improviso: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué
me has abandonado?». ¿Blasfemia? ¿El condenado grita el Salmo? ¿Cómo aceptar a
un Dios que clama, que se lamenta, que no sabe, no entiende? ¿El Hijo de Dios
hecho hombre que se siente morir abandonado por su Padre?
Jesús, te has hecho uno de los nuestros hasta este punto, uno
con nosotros, excepto en el pecado. Tú, Hijo de Dios hecho hombre, tú, que eres
el Santo, te has identificado con nosotros hasta experimentar nuestra condición
de pecadores, la lejanía de Dios, el infierno de aquellos que no tienen Dios. Tú
has probado la oscuridad para darnos la luz. Has vivido la separación para
darnos la unidad. Has aceptado el dolor para dejarnos el amor. Has sentido la
exclusión, abandonado y suspendido entre el cielo y la tierra, para acogernos
en la vida de Dios. Un misterio nos envuelve al revivir cada paso de tu pasión.
Jesús, tú no guardas celoso el tesoro de tu ser igual a Dios, sino que te haces
pobre de todo para enriquecernos.
«En tus manos entrego mi espíritu». ¿Cómo has hecho, Jesús,
en aquel abismo de desolación, para confiarte al amor del Padre, para
abandonarte a él, para morir en él? Sólo mirándote a ti, sólo contigo, podemos
afrontar las tragedias, el sufrimiento de los inocentes, las humillaciones, los
ultrajes, la muerte.
Jesús vive su muerte como don para mí, para nosotros, para
nuestra familia, para cada persona, para cada familia, para cada pueblo, la
humanidad entera. En aquel acto renace la vida.
Padre nuestro, ...
11ª Estación: Jesús es clavado en la cruz.
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Pues por tu santa Cruz, redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según san Juan 19, 18-22
Lo crucificaron y con él a otros dos, uno a cada lado, y en
medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él
estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos».
Llegados al lugar del «Calvario», los soldados crucificaron
a Jesús. Pilato hace escribir: «Jesús Nazareno, el rey de los judíos», para
ridiculizarlo y humillar a los judíos. Pero, sin quererlo, este escrito
certifica una realidad: la realeza de Jesús, rey de un reino que no tiene
confines ni de espacio, ni de tiempo.
Apenas podemos imaginarnos el dolor de Jesús durante la
crucifixión, cruenta y dolorosísima. Nos asomamos al misterio: ¿Por qué Dios,
haciéndose hombre por amor nuestro, se deja clavar en un leño y alzar desde la
tierra entre atroces espasmos, físicos y espirituales?
Por amor. Por amor. Es la ley del amor lo que lleva a dar la
propia vida por el bien del otro. Lo confirman esas madres que han afrontado
incluso la muerte para dar a luz a sus hijos. O los padres que han perdido un
hijo en la guerra o en atentados terroristas y que no desean vengarse.
Jesús, en el Calvario nos representas a todos, a todos los
hombres de ayer, de hoy y de mañana. Sobre la cruz nos has enseñado a amar. Ahora
comenzamos a comprender el secreto de aquella alegría perfecta de la que
hablabas a los discípulos en la última cena. Has tenido que bajar del cielo,
hacerte niño, después adulto y entonces padecer en el Calvario para decirnos
con tu vida lo que es el verdadero amor.
Mirándote allí arriba en la cruz, también nosotros, como
familia, esposos, padres e hijos estamos aprendiendo a amarnos y a amar, a
cultivar entre nosotros esa acogida que se da a sí misma y que sabe ser
aceptada con reconocimiento. Que sabe sufrir, que sabe trasformar el
sufrimiento en amor.
Padre nuestro, ...
10ª Est. Jesús es despojado de sus vestiduras
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Pues por tu santa Cruz, redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según san Juan 19, 23
Los soldados... tomaron su ropa, haciendo cuatro partes,
una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura,
tejida toda de una pieza de arriba abajo.
Jesús está en manos de los soldados. Como todo condenado, es
desnudado, para humillarlo, reducirlo a nada. La indiferencia, el desprecio y
despreocupación por la dignidad de la persona humana se unen con la glotonería,
la codicia y el propio interés: «cogieron su ropa».
Tu manto, Jesús, era sin costuras. Esto demuestra el esmero
con que te trataba tu madre y las personas que te seguían.
Ahora te encuentras sin vestidos, Jesús, y experimentas la desazón de los sometidos al capricho de gente que no tiene respeto de la persona humana.
Ahora te encuentras sin vestidos, Jesús, y experimentas la desazón de los sometidos al capricho de gente que no tiene respeto de la persona humana.
Cuántos han sufrido y sufren por esta falta de respeto por
la persona humana, por la propia intimidad. Puede que a veces tampoco nosotros
tengamos el respeto debido a la dignidad personal de quien está a nuestro lado,
«poseyendo» a quien está a nuestro lado, hijo, marido, esposa, pariente,
conocido o desconocido. En nombre de nuestra supuesta libertad herimos la de
los demás: cuánto descuido, cuánta dejadez en los comportamientos y en el modo
de presentarnos el uno al otro.
Jesús, que se deja mostrar así a los ojos del mundo de
entonces y de la humanidad de siempre, nos recuerda la grandeza de la persona
humana, la dignidad que Dios ha dado a cada hombre, a cada mujer, y que nada ni
nadie debería violar, porque están plasmados a imagen de Dios. A nosotros se
nos confía la tarea de promover el respeto de la persona humana y de su cuerpo.
En particular a nosotros, los esposos, la tarea de conjugar estas dos
realidades fundamentales e inseparables: la dignidad y el don total de sí mismo.
Padre nuestro, ...
9ª Estación: Jesús cae por tercera vez
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Pues por tu santa Cruz, redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según san Lucas 22, 28-30a.
«Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis
pruebas, y yo preparo para vosotros el reino como me lo preparó mi Padre a mí,
de forma que comáis y bebáis a mi mesa en mi reino».
El camino de subida es corto, pero ya no tiene fuerzas.
Jesús está acabado física y espiritualmente. Siente sobre sí el odio de los
jefes, de los sacerdotes, de la muchedumbre que parecen querer descargar sobre
él la rabia reprimida por tantas opresiones del pasado y del presente. Como si
buscaran la revancha, haciendo valer su poder sobre Jesús.
Y caes, caes Jesús, por tercera vez. Pareces sucumbir. Pero he
aquí que con extrema fatiga te vuelves a levantar y reemprendes el terrible
camino hacia el Gólgota. Ciertamente, muchos de nuestros hermanos en todo el
mundo están sufriendo pruebas tremendas porque te siguen, Jesús. Están subiendo
contigo hacia el Calvario y contigo están también cayendo bajo las
persecuciones que desde hace dos mil años laceran tu cuerpo que es la Iglesia.
Con estos hermanos nuestros en el corazón, queremos ofrecer
nuestra vida, nuestra fragilidad, nuestra miseria, nuestras pequeñas y grandes
penas cotidianas. Vivimos con frecuencia anestesiados por el bienestar, sin
comprometernos con todas las fuerzas en levantarnos de nuevo y levantar a la
humanidad. Pero podemos volver a ponernos en pie, porque Jesús ha encontrado la
fuerza de volverse a alzar y reemprender el camino.
También nuestras familias son parte de este tejido
deshilachado, están sujetas a un estado de bienestar que se convierte en la
meta misma de la vida. Nuestros hijos crecen. Intentemos habituarles a la
sobriedad, al sacrificio, a la renuncia. Tratemos de darles una vida social
satisfactoria en el ámbito deportivo, asociativo y recreativo, pero sin que
estas actividades sean sólo un modo para llenar la jornada y tener todo lo que
se desea.
Por eso, Jesús, necesitamos escuchar tus palabras, de las
que deseamos dar testimonio: «Bienaventurados los pobres, bienaventurados los
mansos, bienaventurados los constructores de paz, bienaventurados los que
sufren por la justicia…».
Padre nuestro, ...
8ª Est. Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén que lloran por Él
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Pues por tu santa Cruz, redimiste al mundo.
Lectura del Evangelio según san Lucas 23, 27 – 28
Lo seguía un gran gentío del pueblo, y de mujeres que se
golpeaban el pecho y lanzaban lamentos por él. Jesús se volvió hacia ellas y
les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí, llorad por vosotras y por
vuestros hijos».
Entre la multitud que lo seguía hay un grupo de mujeres de
Jerusalén, lo conocen. Viéndolo en aquellas condiciones, se confunden entre la
multitud y suben hacia el Calvario. Lloran.
Jesús las ve, percibe su sentimiento de piedad. Y también en
aquel trágico momento quiere dejar una palabra que supera la simple piedad.
Quiere que en ellas, en nosotros, no haya sólo conmiseración sino conversión
del corazón, esa conversión de reconocer el error, de pedir perdón, de
reiniciar una vida nueva.
Jesús, cuantas veces por cansancio o inconsciencia, por
egoísmo o temor, cerramos los ojos y no queremos afrontar la realidad. Sobre
todo, no nos implicamos personalmente, no nos comprometemos en la participación
profunda y activa en la vida y las necesidades de nuestros hermanos, cercanos y
lejanos. Continuamos a vivir cómodamente, reprobamos el mal y quien lo hace, pero
no cambiamos nuestra vida y no arriesgamos personalmente para que las cosas
cambien, el mal sea abatido y se haga justicia.
Con frecuencia las situaciones no mejoran porque no nos
esforzamos en hacerlas cambiar. Nos hemos retirado sin hacer mal a nadie, pero
también quizás sin hacer el bien que habríamos podido y debido hacer. Y tal vez
alguno paga por nosotros, por nuestro abandono.
Jesús, que tus palabras nos despierten, nos den un poco de
esa fuerza que mueve a los testigos del evangelio, tantas veces hasta mártires,
padres, madres o hijos que, uniendo su sangre a la tuya, han abierto y abren
también hoy el camino hacia el bien en el mundo.
Padre nuestro, ...
7ª Estación: Jesús cae por segunda vez
V. Te adoramos, Cristo, y te bendecimos. R. Pues por tu santa Cruz, redimiste al mundo.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro 2, 24
Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados.
Mientras avanza por la estrecha vía del Calvario, Jesús cae
por segunda vez. Entendemos su debilidad física, tras una terrible noche,
después de las torturas que le han infligido. Tal vez no son sólo las
vejaciones, el agotamiento y el peso de la cruz en sus espaldas lo que le hace
caer. Sobre Jesús pesa una carga que no se puede medir, algo íntimo y profundo
que se hace sentir más netamente a cada paso.
Te vemos como un pobre hombre cualquiera, que se ha
equivocado en la vida y ahora debe pagar. Y pareces no tener ya más fuerzas
físicas y morales para afrontar el nuevo día. Y caes.
Cómo nos reconocemos en ti, Jesús, también en esta nueva
caída por agotamiento. Y, sin embargo, te alzas de nuevo, quieres conseguirlo. Por
nosotros, por todos nosotros, para darnos el ánimo de levantarnos de nuevo. Nuestra
debilidad está ahí, pero tu amor es más grande que nuestras carencias, siempre
puede acogernos y entendernos.
Nuestros pecados, que has cargado sobre ti, te aplastan,
pero tu misericordia es infinitamente más grande que nuestras miserias. Sí,
Jesús, gracias a ti nos levantamos. Nos hemos equivocado. Nos hemos dejado
vencer por las tentaciones del mundo, quizá por espejismos de satisfacción, por
querer escuchar que alguien todavía nos desea, porque alguien dice que nos
quiere, incluso que nos ama. Nos cuesta a veces hasta mantener el compromiso
adquirido en nuestra fidelidad de esposos. Ya no tenemos la frescura y el
dinamismo de una vez. Todo se hace repetitivo, cada acto parece una carga, vienen
ganas de evadirnos.
Pero tratamos de levantarnos de nuevo, Jesús, sin caer en la
más grande de las tentaciones: la de no creer que tu amor lo puede todo.
Padre nuestro, ...
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